EL REINO DE DIOS (II) por William M. Wachtel

En nuestro primer estudio acerca del Reino de Dios, vimos que Dios hizo varias promesas al patriarca Abraham, promesas que especifican este planeta, la tierra, como la futura herencia de todos los hijos de Dios. Esto, por supuesto, ¡contradice la idea popular de que el cielo sea la morada prometida y la esperanza de los fieles! Por ser tan popular tal idea, se supondría que hubiera muchos versículos en la Biblia que describan el cielo como el hogar que debemos anhelar. Por eso, lo extraño y lo muy importante es que ¡no se encuentra ni uno que prometa el cielo ni que dirija nuestra esperanza a un hogar celestial!

¿Cómo entonces surgió la idea de una morada celestial para los fieles? Claro que sería agradable pensar que al morir las personas podrían llegar inmediatamente a una vida mejor, conscientes de estar en la pura presencia de de Dios. La pregunta que tiene que hacerse es la siguiente: ¿qué promete la Biblia, la palabra de Dios mismo, acerca de nuestro futuro? Si creemos que la Biblia es la revelación que Dios nos brindó, tenemos que buscar en sus páginas la respuesta que necesitamos.

En Juan 3: 13 Cristo dijo que “nadie subió al cielo, sino el que descendió del cielo; el Hijo del Hombre.” Después, el Apóstol Pedro dijo que el rey David “no subió a los cielos” (Hechos 2: 34). En vez de esto, “murió y fue sepultado, y su sepultura está con nosotros hasta el día de hoy” (Hechos 2: 29). La Biblia dice que David fue un hombre justo, amado de Dios, y podemos creer que él habría subido al cielo si es que los justos van al cielo. La verdad es que no subió David y que no sube nadie al cielo. Además, hay que saber que el único hombre que ha subido es el Señor Jesucristo, nuestro Sumo Sacerdote que traspasó los cielos (Hebreos 4: 14) y que entró “en el cielo mismo para presentarse ahora por nosotros ante Dios” (Hebreos 9: 24). Todo esto se entiende mejor cuando se recuerda que el sumo sacerdote de Israel, figura y tipo de Cristo, era el único que pudiera entrar en el Lugar Santísimo del santuario de Dios (Hebreos 8: 1-6; 9: 1-8). ningún otro hombre pudo entrar, y es lo mismo con Cristo y el verdadero santuario de Dios – – los cielos.

Es por eso que leemos en Hebreos 9: 28 que Cristo “fue ofrecido una sola vez para llevar los pecados de muchos; y parecerá por segunda vez, sin relación con el pecado, para salvar a los que le esperan.” Si entramos en el cielo al morir, no es necesario “esperar” hasta que Cristo aparezca por segunda vez. Seríamos salvos inmediatamente. No sería necesario “dormir” primero en Cristo, esperando la resurrección en su venida (1 Tesalonicenses 4: 13-16; 1 Corintios 15: 21-23). En efecto, ¿cuál es la necesidad de una resurrección si los fieles, al morir, entran conscientes a la presencia de Dios y al cielo?

Otro problema insuperable para la teoría popular es que la Biblia enseña que los muerto ¡no saben nada! Eclesiastés 9: 5 enfatiza que “los que viven saben que han de morir; pero los muertos nada saben.” El versículo 10 adviertierte: “Todo lo que te viniere a la mano para hacer, hazlo según tus fuerzas; porque en el Seol, adonde vas, no hay obra, ni trabajo, ni ciencia, ni sabiduría.” Muchas veces la biblia describe la muerte con la palabra “dormir”. Por ejemplo, cuando Lázaro, el amigo de Cristo, murió, el Señor declaró: “Nuestro amigo Lázaro duerme; mas voy para despertarle” (Juan 11: 11). Sus discípulos entendieron mal estas palabras, y Cristo tuvo que explicarles: “Lázaro ha muerto” (Juan 11: 12-14). Si Lázaro hubiera subido al cielo o si estuviera consciente, ¿cuál habría sido la ventaja de su resurrección? Habría sido cruel devolverle a la vida terrenal en vez de dejarle en paz, en la supuesta felicidad de las almas benditas.

No, la verdad es que Lázaro y todos los fieles que mueren están “dormidos”, necesitando ser “despertados” en la resurrección. Esta enseñanza de la Biblia contradice casi todas las religiones del mundo, porque es casi universal la doctrina de la supuesta supervivencia del “alma”. Lo trágico es que esta doctrina se insinuó en la iglesia cristiana en los siglos antiguos, después de los apóstoles, y que poco a poco alcanzó aceptación entre los teólogos de la iglesia. Con esta aceptación se transformó la esperanza de los cristianos: en vez de esperar la segunda venida de Cristo y la resurrección de los fieles en su venida, se jijó en la muerte en la supuesta llegada del alma al paraíso o al cielo o –al menos – al purgatorio.

Todos estos desarrollos históricos ya ha sido confirmados por varios historiadores, y podemos asegurarnos de la verdad de esto por la comparación de las teorías populares con lo que declara la Biblia. Se ve por esta comparación que la doctrina de la inmortalidad del alma humana es un error, que no está de acuerdo con la enseñanza bíblica. Los muertos están dormidos por completo, inconscientes, y ya no viven hasta que suceda la resurrección futura. En aquel momento, “los que duermen en el polvo de la tierra serán despertados” (Daniel 12: 2).

La doctrina verdadera es que el hombre es mortal, no inmortal, y que Dios es el único que tiene inmortalidad (1 Timoteo 6: 16). Para los hombres, la inmortalidad viene sólo por la resurrección, según el Apóstol Pablo: “Porque es necesario que esto corruptible se vista de incorrupción, y esto mortal se vista de inmortalidad. Y cuando esto corruptible se haya vestido de incorrupción, y esto mortal se haya vestido de inmortalidad, entonces se cumplirá la palabra que está escrita: Sorbida es la muerte en victoria.” (1 Corintios 15: 53-54). ¡El tema de todo este capítulo de Primera de Corintios es la resurrección, la esperanza de los fieles, que se cumplirá en la segunda venida de Cristo! (1 Corintios 15: 23, 51-52).

Published in: on 10 abril 2009 at 16:02  Dejar un comentario  

EL REINO DE DIOS (I) por William M. Wachtel

Uno de los temas más importantes de la Biblia es el Reino de Dios. Especialmente en la enseñanza del Señor Jesucristo se encuentra este tema en los libros de Mateo, Marcos y Lucas. Si uno quiere entender bien el mensaje del Señor, es preciso que se aplique al estudio del tema del Reino de Dios. Casi todas las parábolas de Cristo tratan de este tema, y uno puede asegurarse de esto simplemente por una lectura de sus palabras.

Lo extraño, pues, es que pocos se dedican al tema del Reino, o si se dedican no lo entienden bien. Podemos averiguar que es así cuando leemos u oímos las explicaciones del Reino que parecen ser populares, pero que no están de acuerdo con el testimonio consecuente de todas las Escrituras. Es necesario que se examine la Biblia entera para saber la verdad acerca del Reino. ¡No es legítimo sacar dos o tres versículos que mencionen el Reino y basarse en una interpretación de ellos!

Si consideramos la palabra misma “Reino” es claro que trata de una forma de gobierno. Lo interesante e importante es que la Biblia contiene mucho acerca del gobierno del pueblo de Dios, es decir, de Israel. Cuando Moisés recibió la Ley de Dios, el Señor le relevó que Israel sería “un especial tesoro sobre todos los pueblos… un reino de sacerdotes, y gente santa” (Exodo 19: 5-6). Toda la historia de la nación de Israel en el Antiguo Testamento demuestra que Dios había establecido en Israel un gobierno terrenal, con leyes, reyes, jueces, y otros gobernantes, en fin, todo lo necesario para una nación en la tierra y su gobierno.

Cuando Dios llamó a Abraham, el padre de todos los fieles (Romanos 4: 11-12), le prometió una herencia en la tierra. La promesa se detalla muy exactamente en Génesis 13: 12-17 “Abram acampó en la tierra de Canaán… y Jehová dijo a Abram… alza ahora tus ojos, y mira desde el lugar donde estás hacia el norte y el sur, y al oriente y al occidente. Porque toda la tierra que ves, la daré a ti y a tu descendencia para siempre… levántate, vé por la tierra a lo largo de ella y a su ancho; porque a ti la daré” Se ve en estas palabras que Dios le hablaba de una manera muy literal, muy geográfica. ¡No es cuestión de un país en el cielo, sino de uno que puede definirse con los cuatro puntos cardinales de la brújula!

Varios años después de recibir esta promesa. Abraham murió sin haber recibido lo prometido. Así comenta la Biblia el asunto: “no le dio herencia en ella, ni aun para asentar un pie; pero le prometió que se la daría en posesión, y a su descendencia después de él” (Hechos 7: 5). ¡He aquí un problema! El Dios que no puede mentir (Tito 1: 2; Hebreos 6: 18) hizo una promesa que nunca se ha cumplido. ¿Cómo se explica esto? ¿Cómo se armoniza la Biblia con tal inconsecuencia? O Dios le mintió a Abraham (lo que es imposible) ¡O la promesa se queda todavía para cumplirse en el porvenir!

Si Dios prometió darle a Abraham la tierra de Canaán y todavía no la heredó, claro es que tiene que vivir otra vez en la tierra para recibir lo prometido. La Biblia declara que Abraham y otros fieles murieron “sin haber recibido lo prometido” (Hebreos 11: 13). Antes, cuando Dios le llamó en Mesopotamia, Abraham viajó “al lugar que había de recibir como herencia; y salió sin saber a donde iba. Por la fe habitó como extranjero en la tierra prometida como en tierra ajena, morando en tiedas con Isaac y Jacob, coheredeeros de la misma promesa; porque esperaba la ciudad que tiene fundamentos, cuyo arquitecto y constructor es Dios” (Hebreos 11: 8-10).

¡Vivir otra vez en la tierra! ¡Para los muertos eso es imposible sin que haya una resurrección! Sabemos que Abraham creía en la resurrección de los muertos, porque leemos que “por la fe Abraham, cuando fue probado, ofreció a Isaac; y el que había recibido las promesas ofrecía su unigénito, habiéndosele dicho: En Isaac te será llamada descendencia; pensando que Dios es poderoso para levantar aun de entre los muertos” (vv. 1-19). Por eso podemos asegurarnos de la fe que Abraham tenía y al mismo tiempo aceptarla como la nuestra.

El Apóstol Pablo, en Gálatas 3: 16, reitera que “a Abraham fueron hechas las promesas, y a su simiente. No dice: Y a una de las simientes, como si hablase de muchos, sino como de uno: Y a tu simiente, la cual es Cristo.” Cristo mismo es la simiente prometida, y los que son de Cristo son “linaje de Abraham,… y herederos según la promesa” (v. 29). La herencia prometida, como ya vimos, no es el cielo sino la tierra, y Pablo declara que “no por la ley fue dada a Abraham o a su descencia la promesa de que sería heredero del mundo, sino por la justicia de la fe”(Romanos 4: 13).

El Reino que Dios va a establecer es un reino terrenal, como profetizó Daniel en 2: 35, 44; 7: 27. Se basa en las promesa hechas a Abraham, y los que creen en Cristo van a heredarlo, “de modo que los de la fe son bendecidos con el creyente Abraham” (Gálatas 3: 9). Todos los que leen estas palabras pueden ser herederos de Cristo y con Abraham, por la fe. ¡Hay que creer el testimonio del evangelio y someterse a la enseñanza de Cristo y de sus apóstoles!

Published in: on 8 abril 2009 at 22:56  Dejar un comentario  

Bienvenidos

jesus-llama-a-la-puertaEste blog nace con el deseo de ser útil a aquellas personas que tienen el deseo de adorar al Dios de la Biblia en la forma en que lo hicieron Jesucristo y los primeros Apóstoles. Pretende ser una guía donde se presenten temas del Evangelio de Jesucristo en su forma original, sin las adulteraciones que han sufrido muchas doctrinas importantes por la influencia de la filosofía platónica.

Con esta inquietud y gran responsabilidad comenzamos nuestro camino.

Published in: on 8 abril 2009 at 19:53  Dejar un comentario  
Seguir

Recibe cada nueva publicación en tu buzón de correo electrónico.